1 - Por el Fin que persiguen los Ejercicios Espirituales
Afirma el P. Casanovas, gran comentador de este método ignaciano que “todo el valor de los ejercicios espirituales de San Ignacio, su influencia en la vida de la Iglesia católica y su misma razón de ser, se deben por entero a las relaciones que tienen con la Santidad”. San Ignacio quiere la perfección del alma, su “salud” (n.1 de los Ejercicios), que pueda desarrollarse la semilla de la gracia mediante el recto y normal desenvolvimiento de sus funciones espirituales, de modo que el alma pueda “en todo amar y servir a su Divina Majestad” (n.233). “Y el mayor elogio que puede hacerse de una cosa o persona es poder decir de ella, que influye eficazmente en la santidad, puesto que no hay perfección superior a ella ni en los hombres, ni en los Ángeles, ni aun en el mismo Dios. Es la cosa de más valor de cuantas existen en el mundo y es, en cierto sentido, el fin adonde endereza Dios todas las demás cosas”.
2 -Por la excepcional eficacia e influjo de los Ejercicios Espirituales
Las páginas inefablemente simples de los ejercicios espirituales ignacianos, pertenecen a la categoría de los pocos libros que, como la Imitación de Cristo y las Visitas de San Alfonso María de Ligorio, han trascendido a toda clase de fieles y siguen influyendo continuamente en la espiritualidad de millones de almas.
Ha adquirido este libro una difusión que apenas se da en otra obra ascética. Solo o acompañado de comentarios o explanaciones se ha publicado más de 4.800 veces y se ha traducido a más de 19 lenguas, entre ellas al azteca, danés, malgache, tamul, vasco. Y ha mediados del siglo pasado se podía calcular el número de ejemplares a un mínimo de cuatro millones.
Sin embargo estas cifras verdaderamente gigantescas no tocan al aspecto más fecundo del libro ignaciano: a la práctica continuada, ya que lo que le ha dado renombre universal y la ha hecho como carta de ciudadanía dentro de la Iglesia no ha sido tanto el volumen escrito cuanto la práctica continuada del método descrito en sus páginas. Para poner un ejemplo, en 1949, según una estadística de la Congregación de Religiosos, los que practicaron alguna clase de ejercitaciones o misiones siguiendo este método bajo la dirección de religiosos fueron 7.030.141. Y se sabe que los sacerdotes seculares también habían dirigido ese año gran cantidad de tandas.
Estos datos, necesariamente imperfectos, dan sólo una idea de la extensión que ha adquirido el influjo de ese pequeño librito. Pero es necesario hacer notar que su verdadera acción se realiza más bien en sentido de profundidad. Es una revolución interna la que obra en cada alma. Su repercusión más íntima escapa a la historia, al control de los datos.
San Francisco de Sales, muerto en 1622, decía que el libro ignaciano había ya operado más conversiones que letras contiene, ¡qué se debería decir el día de hoy, al cabo de más de cuatro siglos, en los que no ha cesado de producir “grandes frutos de santidad”[1].
De Causette bellamente había dicho: “Los ejercicios espirituales son uno de los libros más venerables salidos de manos de hombres porque si la Imitación de Cristo ha enjugado más lágrimas, los ejercicios espirituales han producido más conversiones y más santos”[2].
Y esta acertada frase puede corroborarse dando un vistazo a las canonizaciones de estos últimos siglos. Comenzando por el patrono de las misiones, San Francisco Javier, quien se convirtió oyendo los Ejercicios de boca del mismo San Ignacio, son innumerables los santos que se han valido de este método para alcanzar las cumbres de la vida espiritual; por citar a algunos: Alonso Rodríguez, Francisco de Borja, Isaac Jogues, Juan del Castillo, Luis Gonzaga, Pablo Miki, Roberto Belarmino, Roque González; beatos: Alberto Hurtado, Miguel Agustín Pro, José de Anchieta.
3 -Porque la Santa Iglesia recomienda los Ejercicios Espirituales
La misma Iglesia ha querido corroborar solemnemente los testimonios de sus hijos. No podía quedar al margen de un movimiento tan universal, de un medio tan afanosamente empleado por los mejores de sus hijos en los momentos más decisivos de su vida.
En el año 1548 el joven duque de Gandía (España), Francisco de Borja, nieto de Alejandro VI, presenta al Pontífice Paulo III una petición singular: la aprobación pontificia de un librillo de Ejercicios Espirituales, escrito por Ignacio de Loyola, General y Fundador de la Compañía de Jesús, que el mismo Papa había aprobado ocho años antes.
El Papa, luego de hacer las averiguaciones pertinentes, respondió con el solemne documento Pastoralis Officii, que firmó el 31 de julio de 1548:
“Habiendo examinado dichos Ejercicios y oído también testimonios y relaciones favorables [...], hemos comprobado que dichos Ejercicios están llenos de piedad y santidad, y son y serán muy útiles para el progreso espiritual de los fieles. Además, no podemos por menos de reconocer que Ignacio y la Compañía por él fundada van recogiendo frutos abundantes de bien en toda la Iglesia; y de ello mucho mérito hay que atribuir a los Ejercicios Espirituales ignacianos. Por ello [...] exhortamos a los fieles de ambos sexos, en todos las partes del mundo, a que se valgan de los beneficios de estos Ejercicios y se dejen plasmar por ellos”.
A esta primera aprobación solemne de Paulo III, siguieron otras tantas a través de los siglos, siendo hoy en día más de seiscientas las sucesivas aprobaciones, exhortaciones o recomendaciones de los Ejercicios que a lo largo de más de cuatro siglos ha ido dando la Iglesia con sus solicitud amorosa y maternal.
Queremos aquí detenernos en el alcance de una de las más decisivas, la constitución apostólica en forma de bula solemne Summorum Pontificum, del 25 de julio de 1922, en la cual Pío XI declara a San Ignacio patrono de todos los Ejercicios Espirituales, de las casas y obras dedicadas a ellos. El Sumo Pontífice con tal acto había accedido no sólo a sus más fervientes anhelos, sino a las apremiantes peticiones de 29 cardenales, 122 arzobispos, 497 obispos y 20 prefectos apostólicos; en total 668 jerarcas de la Iglesia, cifra excepcional en esta clase de actos.
Con este patronazgo concedía Pío XI una clara primacía a San Ignacio en una parcela tan importante de la espiritualidad. El cardenal Pla y Deniel cree ver un paralelismo innegable entre esta preferencia dada al autor del libro de los Ejercicios y la otorgada por León XIII a Santo Tomás en el campo de la teología y la filosofía. Como Santo Tomás ejerce un “doctorado universal” sobre la ciencia eclesiástica, así San Ignacio debe ser, según el mismo Pontífice, el faro luminoso que guíe a las almas en el sendero de la perfección. Los principios generales del Doctor Angélico son los goznes sobre los que gira la teología católica. Las leyes reguladores del penitente de Manresa han de formular también “el código sapientísimo y universal” de las normas de la dirección de las almas[3].
La Santa Madre Iglesia no se cansa de exhortar, aún en estos tiempos, a sus hijos a que se aprovechen de este manantial de gracias; así escribía en 1965 Pablo VI, alumno de jesuitas:
”Sabemos que la predicación más eficaz es precisamente la de los Ejercicios Espirituales”… “Debemos difundir esta fuente de salvación y de energía espiritual, debemos hacerla accesible a todas las categorías”.
Y el mismo Juan Pablo II nos enseña hablando de los ejercicios espirituales ignacianos:
“Espero que (...) sacerdotes, religiosos y laicos continúen siendo fieles a esta experiencia y le den incremento: hago esta invitación a todos lo que buscan sinceramente la verdad. La escuela de los Ejercicios Espirituales sea siempre un remedio eficaz para el mal del hombre moderno arrastrado por el torbellino de las vicisitudes humanas a vivir fuera de sí, excesivamente absorbido por las cosas exteriores; sea fragua de hombres nuevos, de cristianos auténticos, de apóstoles comprometidos. Es el deseo que confío a la intercesión de la Virgen, la contemplativa por excelencia, la maestra sabia de los Ejercicios Espirituales[4].
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[1] Palabras de Pío XI en la encíclica Mens nostra, 20 de diciembre de 1929. C. Marín, Enchiridion p.461.
[2] De Causette, Mélages oratoires I p.455
[3] Ideas de la carta pastoral sobre ejercicios publicada por el cardenal Pla y Deniel cuando era obispo de Salamanca.
[4] Juan Pablo II, Angelus del 16/12/1979, en L’Ossevatore Romano, ed. española, 23/12/1979
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